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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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18-02-2012

 

 

 


 

 

 



Ante el 19-F

Lumpen y contestación social

SURda

 

Internacionales/España




Pedro L. Angosto



El crecimiento económico, unido a un proceso de desideologización sistemático dirigido desde los más altos poderes, propició que durante las pasadas décadas la clase trabajadora fuese perdiendo su conciencia de tal, dividiéndose en multitud de grupúsculos que querían identificarse -por su poder adquisitivo, por el barrio donde vivían, por el colegio al que iban sus hijos, por el coche que conducían, por el rango de su puesto de trabajo o por sus amistades- con la clase inmediatamente superior que había sido su tradicional enemiga: La fea burguesía [1] . No fue ese un proceso exclusivamente español, ocurrió y ocurre en toda Europa, en todo el mundo, pero aquí el caldo de cultivo era mucho más propicio pues veníamos de una dictadura que había inoculado en el ser de los españoles la sumisión, la insolidaridad, la infraternidad, el apoliticismo y el orgullo de ser ignorante: “Leo, leo, cuanto más leo más burro me creo” nos enseñaban algunos y cantábamos nosotros entre risas y burlas dirigidas hacia el que tal deleite encontraba. Muerto el perro no se acabó la rabia y con la herencia recibida fue dificilísimo reconstruir la consciencia política de un país que había perdido lo mejor de sí mismo durante cuarenta años de aculturación general, imponiéndole a sangre modos de ser, de actuar y de pensar propios de las clases dirigentes del pasado. Ni sindicatos ni partidos políticos de izquierda tuvieron en los años siguientes a la muerte de Franco una militancia masiva que les hiciera creer en la fuerza que probablemente tenían y el pacto –escondido tras las etiquetas del posibilismo y la responsabilidad- marcó una estrategia que dejó atrás los ejemplos de aquellos que desde partidos y sindicatos se enfrentaron a pecho descubierto a la opresión. Quizá, en aquellos años, no había otra solución porque la resistencia y el miedo de los futuros ciudadanos era un muro casi infranqueable, pero fuere como fuere, la realidad es que salvo un cortísimo periodo de tiempo las organizaciones de izquierda de este país no volvieron a cautivar a las masas como lo hicieron en los años republicanos.

Sin embargo, todo es susceptible de mejorar y de empeorar. Los esfuerzos por educar y crear una ciudadanía consciente que aparecieron durante los primeros años de la transición, cayeron hechos añicos ante los gritos de “España va bien” y “hágase usted rico en 24 horas por el método Aznar-Rato-Botín”. Fue entonces, cuando el apolítico, mayoritario entre nosotros desde 1939, comenzó a ser sustituido por el analfabeto político que tan bien definió Bertold Brecht para otra época oscura: El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales .

La vida sigue, siempre sigue y siempre, con baches, evoluciona o revoluciona hacia mejor aunque en los instantes que ocupan nuestras vidas pensemos que esto no tiene remedio y será así eternamente. El proceso histórico no se detiene por muchos canallas que se tropiece en su camino, pero necesita del empujón de una ciudadanía consciente para avanzar y remontar los periodos absurdos. En eso estamos y para conseguir esa energía, es preciso, a nuestro entender, conocer la realidad social que nos rodea y darnos cuenta de que el analfabeto político que creció durante el franquismo y a partir del aznarismo no era lo peor, sino que lo peor estaba por venir: El lumpen como grupo social cuasi mayoritario. Según el diccionario de la RAE, el lumpen es la casta social más baja, una casta que además no tiene consciencia de clase. La definición, tan pacata por no querer tocar la terminología marxista de la que procede, se queda corta, muy corta y apenas expresa una parte del significado del término ni de su importancia histórica. En su artículo “La peligrosidad del lumpen”, Manuel Gross hace una definición más compleja y atinada para nuestros días partiendo de la que en su tiempo hizo Carlos Marx: La palabra lumpen es un término de origen alemán con que se designa a ciertos sectores marginales de la sociedad que viven o sobreviven al borde de la delincuencia y que por su carencia de principios éticos y morales son pasto fácil de la demagogia y del caudillismo político, constituyéndose en un agente destructor de las organizaciones, generalmente de izquierda, en que logran introducirse. La existencia del lumpen se revela por actitudes y actividades como las siguientes: permanente crítica irracional a los dirigentes legítimamente constituidos, siembra de rumores injuriosos, bloqueo de iniciativas de bien común, incumplimiento sistemático de las normas de convivencia, intentos de divisionismo, agresiones o amenazas de agresión a quienes los contradicen, espionaje interno en favor de terceros, odio irracional hacia otras organizaciones…

Difícil será no identificar entre nosotros a quienes hoy forman parte de esa legión que en los últimos años se ha desbordado y canta en cualquier esquina el célebre “Viva mi dueño” que dio título a la celebérrima novela de Valle-Inclán. El apoliticismo español nació de la represión brutal del franquismo. No se trató con la medicación adecuada después, sobrevivió y devino en lumpen. El lumpen nada quiere saber de partidos, ni de sindicatos, ni de organizaciones vecinales, ni de protestas, ni de dignidad. Todo le es ajeno menos su bienestar personal adquirido del modo que sea y a costa de lo que sea. Pero hoy no pertenece como dice la Real Academia de la Lengua, a las “castas” más bajas, sino que impregna a todas las clases. Si me salvo yo, se hunda el mundo y si para salvarme yo tengo que hundir al mundo, lo hundo hermanándome con el mismísimo Satanás. El lumpen es aliado natural de la reacción, del poder, de los explotadores, del clero, es el chivato, el correveidile, el ojeador, el chismoso, el que grita cuando está rodeado de los suyos y aguza el oído cuando no lo está, es el perro de su amo siempre que encuentra amo, mientras tanto hace méritos para tenerlo, es el que se alegra de la no culpabilidad de Camps, de la persecución que sufren los sindicatos, del descrédito de una parte de la izquierda, de la ascensión al poder de los que siempre estuvieron en él, de la expulsión de Garzón de la carrera judicial y de la permanencia en ella de Adolfo Prego, de la corrupción en la que espera medrar, del “señorío” de la duquesa de Alba de Tormes, es en fin, un ser despreciable fruto de la represión, la ignorancia y la superstición. Y hoy es legión entre nosotros.

El 19 de febrero, los sindicatos han convocado una manifestación de protesta contra el desmantelamiento de los derechos laborales y la dictadura de los empresarios que no supieron serlo porque desmantelaron sus empresas para dedicarse al dinero fácil que daba la especulación según modo y costumbre de la dictadura que creíamos fenecida. Tal reforma necesitaba una respuesta mucho más contundente, pero debido a lo anteriormente expuesto los sindicatos no se atreven a dar ese paso por miedo al fracaso o a ser sobrepasados en algunos territorios del país. Espero y deseo con todas mis fuerzas que la protesta del próximo día 19 sea algo más que una manifestación a palo seco, que muestre a quienes gobiernan contra el pueblo que el pueblo sigue vivo y dispuesto a hacerles morder el polvo. Sin embargo, todos hemos de ser conscientes de que la lucha que ahora debe comenzar no tiene enfrente sólo a gobiernos y empresarios, sino también a esa parte tóxica de la sociedad que se llaman lumpen y se extiende como la cizaña, que enfrente nos espera una inmensa y urgente labor de pedagogía ciudadana, desde abajo.

Notas
[1] Referencia al magistral libro de Miguel Espinosa, en mi opinión uno de los más grandes escritores del siglo XX. ESPINOSA, MIGUEL: La fea burguesía. Madrid. Alfaguara, 1990.



 
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